Simplemente Quique: ordenó a su equipo dejar la pelota en el piso porque el rival marcaba zona, prohibía las domas, y en lugar de salir de vacaciones se pasó todo un verano corrigiendo el tiro de Moltedo
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Foto gentileza Osvaldo Martínez |
Año
1989. Cancha abierta de Malvín. Entrenamiento de alta intensidad. La pelota no
se detenía. Arranca un ataque rápido. Tres contra uno. Juan Manuel recibe la
pelota a un lado y repentinamente se le vino a la mente la imagen de Tato
López. “Parece que lo estuviera viendo… Tenía el sponsor de Ford en la
camiseta. Solo él lo tenía. Tato se paraba a la carrera y tiraba el triple. Una
bestia”. Aquella tarde Juan recibió la pelota y no lo dudó. Se paró en la
carrera y lanzó el triple. Un chiflido furioso atravesó la cancha. Un sonido
conocido por todos los chiquilines del club que solo atinaron a cruzar miradas
entre ellos. Quedaron todos paralizados. El técnico enfiló rumbo al chiquilín
que pintaba para crack, el hijo de Leónidas, el que era capaz de meter 45
puntos por partido.
“¿Qué
hacés, cómo vas a tirar un triple?”, le preguntó con la vena del cuello
hinchada...
“Pero
emboqué”, atinó a decir el chiquilín.
La
respuesta de su entrenador lo dejó helado: “El día que ganes 5 mil dólares por
ponerte Ford en la camiseta, ahí recién vas a poder ponerte a tirar de tres en
un ataque rápido”. La enseñanza le quedó marcada a fuego a Juan Manuel Moltedo.
Aquel
hombre que lo retó, que le exigía más que al resto, que fue capaz de remitir
una carta a la Federación para que no jugara más en su categoría por entender
que estancaba su crecimiento, fue el mismo que en un partido contra Biguá ordenó
a sus dirigidos dejar la pelota en el piso cuando se percató de que su rival
marcaba zona, algo que consideraba perimido.
Enrique
Parrella. Simplemente Quique. Un maestro. Un padre para varias generaciones. Un
formador de jugadores que cimentó el crecimiento de Malvín. Exigente,
responsable, comprometido con la causa. Un hombre que dedicó su vida a formar
basquetbolistas pero, por sobre todas las cosas, personas de bien.
Heredero
de una cultura que instauró Rubén Bottari apostando a los jóvenes del club, la
llegada de Enrique Parrella en la década de los 80 marcó un antes y un después
en Malvín.
Siete
generaciones con nombres que marcaron época: Daniel Ubal, Marcelo Capalbo, los
Infantozzi, los Pérez (Marcelo, y Alejandro), Guzmán Arregui, Santiago Lacasa, los hermanos Gratadoux, Juan
Manuel Moltedo, Osvaldo Tato Martínez, Enrique Tucuna, Juliano Rivera, Diego
Castrillón, entre otros.
Todos
marcados por este hombre que dejó su huella…
“Enrique
era increíble. Por ahí estaba haciendo chistes, a las risas contigo, hasta que
pegaba el chiflido con la boca (se ríe recordando) y se le movía la vena del
cuello. Pah, todos le teníamos terror a eso. Quedaba todo rojo y gritaba. Era
el temblor. Un día hablando con mi hijo, que se lamentaba del técnico, le digo:,
vos no tuviste a Quique…”, reveló Juan Manuel Moltedo desde Italia a Que la cuenten como quieran.
Moltedo
tomó contacto con Parrella desde niño, como la mayoría de los chicos surgidos
en las formativas del club de la gaviota.
Osvaldo
Tato Martínez lo conoció en una faceta completamente distinta. Resulta que su
mamá Nibia era profesora de educación física en la Scuola Italiana donde
trabajaba con Parrella. Tato dice no olvidar cuando los fines de semana su mamá
y Quique se disfrazaban de payasos e iban a animar fiestas infantiles para
hacerse unos mangos.
Y
vaya paradoja del destino, unos años después Tato se encontró cara a cara con
aquel hombre al que veía con la nariz pintada.
El
nivel de exigencia de Quique quedó demostrado el día que le dijo a aquel
chiquilín que conocía desde que daba sus primeros pasos que pasaba a ser
jugador de Mini B. “Cuando me dieron la noticia fue un golpe tremendo. Llegué a
casa llorando”, rememoró el exbasquetbolista en charla con Que la cuenten como quieran.
La filosofía Parrella
Cuentan
sus exdirigidos que hay un antes y un después de un viaje de Parrella a Brasil.
El técnico de formativas de Malvín asistió a una clínica de Ary Vidal y ahí
modificó todo.
“Fue de los primeros entrenadores que empezó a
involucrar la parte física con la parte técnica al mismo tiempo. Físico con
fundamentos. A partir de ahí se produjo un cambio”, reveló Nicolás Gratadoux a Que la cuenten como quieran.
Lo
cierto es que Quique Parrella y su equipo de trabajo comenzaron a sorprender.
Carlos Surroca desde la preparación física y el Ruso Alec Szurek. Allí se sumó
el médico Alberto Pan que ejercía la tarea de forma honoraria, reveló
Gratadoux.
Los
cambios en los entrenamientos empezaron a ser moneda corriente. Una tarde los
botijas llegaron y la cancha de Malvín estaba cubierta de sábanas. Se miraron
extrañados. ¿Y esto? ¿No hay práctica? Se preguntaron.
“Había
tendido una curda de lado a lado de la cancha y colgó sábanas, entonces nos
agarró y nos dijo: ‘hay que pasarse la pelota entre las sábanas’, reveló
Gratadoux. Decirlo parece sencillo, ¡hacerlo era el tema! Partían dos jugadores
corriendo de un lado y del otro de las sábanas y sin verse se pasaban la
pelota.
Otro
de los ejercicios era con cubiertas. Debían pasarse la pelota pero la misma
debía entrar por una cubierta. Y un detalle inédito para la época: los
entrenamientos empezaron a ser filmados. Los detalles pasaron a ser parte
fundamental del aprendizaje.
¡Un cuchillo para corregir el tiro!
Un
aspecto que remarcaron los jugadores formados por Quique Parrella fue la
obsesión por mejorar el tiro de sus dirigidos. Cada uno lo sufrió y lo vivió a
su manera.
Juan
Manuel Moltedo no olvida un verano… Es que Quique, en lugar de irse a la playa
con su familia, se pasó el verano entero perfeccionando el tiro de Moltedo. “Me
acuerdo en un momento que yo tenía un juego de muñeca extraño, había agarrado
un vicio y me fue corrigiendo. Y Quique me decía: ‘para corregirlo tenés que
sufrir’. ¡Todo el verano me entrenó!” dijo el talentoso jugador a Que la cuenten como quieran.
Guzmán
Arregui, otro jugador formado por Quique, rememoró que: “Nos filmaban el tiro
con aquellas cámaras de video casetes. Y eran 45 minutos tirando y Quique te
daba la pelota los 45 minutos en lugar de estar en la casa. Un anormal. Eso te
motivaba. Te generaba respeto. Utilizaba la jerarquía bien empleada, pegaba
gritos pero no para denigrarte. Era un grito que te hacía sentir las fibras.
Era divino ir a entrenar, eran practicas largas pero muy buenas”.
Aquellos
entrenamientos eran filmados con un objetivo: los miraban todos juntos para
corregir errores. Los botijas de las formativas iban a un cuarto que había
arriba de la sede donde Quique les pasaba el video y le mostraba el error a la
hora del lanzamiento.
Pero
la anécdota más increíble la vivió Martín Paolillo, el relator que fue
reconocido por sus excompañeros como un base excepcional.
“Quique
te atomizaba con el tiro. No abrir el codo, quebrar muñeca. Nos filmaba el Ruso
y luego íbamos al cuartito de arriba y nos mostraba, ves acá tenés el codito
abierto tenés que cerrarlo, te decía”. Lo curioso del caso fue que, para
mejorar el tiro de Paolillo, Quique se le paraba al lado con un cuchillo a la
altura del codo. Entonces cuando Martín abría el codo se pinchaba con el
cuchillo. Tan insólito como real.
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Foto libro: Sueño de verano, ilusión eterna |
Otro
detalle que recuerdan sus exdirigidos es que Parrella les tenía prohibido jugar
domas. Entendía que deformaban todo lo que entrenaban. Se podrán imaginar que
los botijas iban a la cancha y lo primero que hacían era domar. Pero apenas
escuchaban el motor del viejo Chevette de Quique se terminaba todo.
Otra
anécdota que rememoró Paolillo fue durante un invierno. Entrenar en la cancha
abierta de Malvín era un sufrimiento. Martín se ponía unos guantes de lana a
los que les había cortado los dedos. Quique lo miraba pero no decía nada. Hasta
que un día le pasan la pelota y se le va entre las manos. ¡Para qué! Puso el
grito en el cielo y le tiró los guantes.
El
Porteño Nicolás Bernardelli también vivió de las suyas con Quique.
“Un
día corrigiéndome el tiro me dice: ‘bueno, se acabó, agarra tus cosas y vete para
tu casa porque no voy a perder más el tiempo. No vas a llegar a nada con ese
tiro de mierda que tenés’. Me fui llorando a casa. Pero me marcó. Te hacía
pensar, recapacitar, y te tocaba la fibra hasta que lograbas hacerlo bien”.
Si no tirás: ¡afuera!
Las
formativas de Malvín comenzaron a jugar un básquet llamativo para la época.
Guzmán Arregui reveló a Que la cuenten
como quieran que “nosotros jugábamos sin jugada, no se cantaba puño, cabeza,
nada. Era transición y ataque rápido, esas cosas locas que jugaba la NBA y él
ya las implementaba. Un adelantado”.
Guzmán
rememoró que Parrella siempre pedía un pase más. Y en los entrenamientos, si
tiraban antes, los mandaba a correr dos vueltas manzanas alrededor del club.
Las penalizaciones eran entrenar. No embocabas libre, te quedabas.
“Llegamos
a tirar con una sola luz prendida en el club hasta terminar la serie.
Apasionado, un loco por lo que hacía”, recordó Guzmán.
Aquellos
equipos de Malvín eran capaces de liquidar los partidos a los cinco minutos.
“Había partidos donde los rivales pasaban 10 ataques sin tirar el aro” expresó
Arregui.
Tato
Martínez rememoró que por aquellos años se había implementado el tiro de tres
puntos. Y Quique, como no podía ser de otra manera, obligaba a lanzar de tres.
¿Qué hacía? Desde la línea de triple para adentro marcaba con tiza una línea
paralela de un metro. La denominó la zona prohibida. De ahí no se podía tirar.
Entonces había dos opciones: o se lanzaba un tiro de dos puntos cerca del aro o
un triple.
Aquel
no era el único detalle. El que en un entrenamiento lanzaba desde la zona
prohibida pagaba prenda. Pero no solo él, todo el equipo. ¿Cuál era la prenda?
La habitual era subir los escalones de las gradas de Malvín. De un lado y del
otro. “Lo de las gradas lo recuerdo siempre, era una escalera al cielo porque
llegabas allá arriba y tocabas el cielo”, expresó Tato entre risas.
Quique
no sacaba a un jugador de la cancha por cometer un error. No. Lo sacaba por no
tirar. “Su filosofía era: si no tirás, no podés jugar. Y si errás, tenés que
practicar para meterla”, recordó Guzmán Arregui.
Entre
las muchas cosas que hizo Parrella se destaca el trabajo en conjunto con la
Comisión de Padres. Nico Gratadoux recordó a su papá colaborando con la causa.
“Organizaban las comidas a lo largo de todo el año y los viajes”.
Pero
lo más insólito que impulsó Parrella con los padres fue que organizó una
premiación para todos clubes campeones de todas las categorías. “Recuerdo que
Losada, que jugaba en Cordón, fue premiado”.
El insólito partido con Biguá
Quique
tenía salidas tan inéditas como inesperadas. En su filosofía, no toleraba que
el rival lo marcara zona. Lo consideraba como algo perimido en el básquetbol.
Cierta vez, los chicos de Malvín se enfrentaron con Biguá, una especie de “eterno
rival” en formativas porque era otros de los equipos que formaba jugadores de
la mano de Alejandro Gava.
Quique
reunió a sus jugadores antes de salir a la cancha y dio una orden: “si nos
marcan zona, no quiero que ataquen”. Los botijas se miraron con cara de
incredulidad.
Arranca
el partido, Martín Paolillo transportaba la pelota cuando se percata de que
Biguá marcaba en zona. El chico empezó a mirar para todos lados.
“¡No
tiren!”, se escuchó desde afuera. Era Quique.
Paolillo
miró al técnico rival, dejó la pelota en el piso y junto a sus compañeros se
fueron a defender su aro. Los jugadores de Biguá quedaron sorprendidos.
De
aquellos duelos contra el equipo de Villa Biarritz quedó como recuerdo una nota
colgada en el vestuario previo a una final de Menores.
Tato
Martínez la conserva. La nota de Quique dirigida a sus jugadores dice.
“Están
los que usan siempre la misma ropa.
Están
los que llevan amuletos.
Los
que hacen promesas.
Los
que imploran mirando al cielo.
Los
que creen en supersticiones.
Y
están los que siguen corriendo cuando les tiemblan las piernas.
Los que siguen jugando cuando se acaba el aire.
Los
que siguen luchando cuando todo parece perdido.
Como
si cada vez fuera la última vez, convencido de que la vida misma es un desafío.
Sufren.
Pero no se quejan. Porque saben que el dolor pasa, el sudor se seca, el
cansancio termina.,
Pero
hay algo que nunca desaparecerá; la satisfacción de haberlo logrado.
En
sus cuerpos hay la misma cantidad de músculos.
En
sus venas corre la misma sangre.
Lo que los hace diferentes es su espíritu.
La
determinación de alcanzar la cima.
Una
cima a la que no se llega superando a los demás, sino superándose a uno mismo”.
Prohibido llegar tarde
Entre
los aspectos que transmitió Parrella el principal fue el de los valores.
Responsabilidad y compromiso no podían faltar. Por eso, llegar tarde, era un
sacrilegio.
“No
tranzaba con la llegada tarde”, comentó Arregui. Y acotó que llegó a dejar afuera
de finales a jugadores desnivelantes como Nicolás Gratadoux.
“Quique
pedía estar media hora antes de los partidos y por culpa de mis padres salimos
tarde y llegué a la cancha 10 minutos después. Yo era el capitán y la figura
del equipo porque metía 40 por partido. Pero no me dejó cambiar”, reveló
Gratadoux. Arregui acotó que entre los compañeros se miraban y no lo podían
creer. Pero nadie dijo nada.
“¿Quién
fue Parrella para mí? Ufff… un excelente entrenador que me dio la posibilidad
de ser quién soy. Un motivador, él sabía lo que hacía, con su carácter, que le
creó problemas, pero Enrique era así”, expresó Moltedo.
Guzmán
Arregui no duda en afirmar que, a través de la pelota, “gestionó mi
personalidad. No dudo que el loco me marcó. Su humildad, perfil bajo, un tipo
con una palabra justa, el grito justo. La enseñanza de superarte. Con Quique dabas
un plus. Capaz que con otro no lo dabas pero con Quique aparecía”.
Nico
Gratadoux reconoció que cuando Parrella se fue de Malvín se desmotivó. “Tengo
un eterno agradecimiento a Quique”, afirmó.
Pero
hay anécdota que lo pinta de cuerpo entero al formador de la gaviota.
Resulta
que un año fue designado como técnico de la selección de Montevideo. Al equipo
le tocó jugar semifinales en Mercedes. Y ese fin de semana la hermana de Tato
Martínez cumplía 15 años. Estaban todos invitados. Quique planteó el tema al
equipo y decidieron dejar salir a Tato con la condición de que tenía que estar
el domingo de mañana para desayunar con el plantel.
El
chiquilín llegó molido a Mercedes. Quique no lo puso ni un minuto. A los pocos
días lo llamó para hablar…
“Recuerdo
esa charla, mano a mano. Quique me dijo que muchas veces la vida te presenta
situaciones y tenés que optar. La decisión trae consecuencias. Y me encontré en
esa encrucijada. Venir al cumpleaños de 15 de mi hermana o sacrificar. Vine al
cumpleaños. No me puso un minuto. Y luego me dijo: ‘la vida tiene esas cosas,
la vida te da y te quita’. Fue una enseñanza. Él quería ponerme pero me hizo
pagar que yo vine al cumpleaños”, rememoró Martínez.
Pasó
el tiempo, y 25 años después, la familia Martínez le organizó una fiesta
sorpresa a la hermana de Tato. En una de las mesas estaba Enrique Parrella.
Vaya paradoja del destino. El hombre que lo había penado por ir al cumpleaños
de 15 de su hermana. Esta vez fue Tato el que encaró a su viejo entrenador… “Quique,
quiero agradecerte todas las enseñanzas que me diste. Gracias a vos tengo
incorporados a mi vida cotidiana varios de los conceptos que me inculcaste de
chiquito”.
Otra excelente columna. Doy fe que todo lo que se dice de Quique es verdad. Tuve la suerte que me dirigiera, nos seguimos viendo hasta hoy con la Generacion 66 de Malvin.
ResponderEliminarEl Quique Parrella, un Gran Entrenador y muy buena persona , tuve la suerte de conocerlo y entablar amistad con él, Felicitaciones por la Nota
ResponderEliminarGrande Quique, esto me llena de orgullo de saber todo lo que lograste con tantos jóvenes, y que te reconozcan es lo máximo, felicitaciones
ResponderEliminarMaravillosa historia!! La educación como proceso integral de formación. Aprendizajes que son para toda la vida. Que fortuna encontarte con entrenadores que tienen claro todo lo que esta en juego a la hora de enseñar un gesto técnico, una destreza, por que el que aprende en ese momento no lo sabe, pero el que imparte esos conocimientos, si realmente tiene la INTENCIINALIDAD como se ve en este caso. Logra trascender y convertir la práctica deportiva en un aorendizaje para toda la vida. Maravilloso!!
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