La vida dependía de un milagro. Un tumor se había alojado en el cerebro de la chiquita. Viajar al exterior era la única esperanza de salvar a su hija. No tenía para los pasajes. Un exjugador se los compró. Fue solo, con lo puesto. Cuando llegó su hija la vio en silla de ruedas. Lloró día y noche.
La
historia mediática de William Gutiérrez es más que conocida. Fue
basquetbolista, jugó con Tato López, y se coronó campeón. Fue futbolista, jugó
en la selección, y se coronó campeón uruguayo. Pero pocos saben de la pelea que
brindó afuera de la cancha. Ahí donde jugó el partido de su vida. Por su hija
Kareen.
Willy
andaba por la vida sin demasiadas preocupaciones. Eran tiempos de recibir los frutos de la siembra. Este hombre, nacido en Mercedes, llegó a Montevideo con
una mano atrás y otra adelante peleando por su sueño de jugar al fútbol. Lo
hizo contra la voluntad de su padre. Para viajar debió prometerle a su madre
estudiar en la capital. Se anotó en la UTU y le tocó el turno de la tarde, hora
en la que entrenaban la mayor parte de los equipos, por lo que el fútbol quedó
de lado.
Un
día le preguntó a una tía si conocía algún club y le dijo que cerca de su casa
estaba Bohemios. Y empezó a concurrir al club a mirar los entrenamientos. De
ahí a la cancha fue un paso.
Se
fue a vivir en el club. Los primeros tiempos no fueron sencillos. Pasó hambre.
Su orgullo por no pedir lo llevó a estar días sin comer. En charla con Que la cuente como quieren, Willy
recordó que “pocos saben que yo lavaba la ropa en Bohemios, lo había agarrado como
changa. La gente de la caldera, que están allá abajo en el sótano, me daba una
mano. A veces era la una de la mañana y yo estaba laburando ahí para ganarme
unos pesos”.
En
el club se brindó el lujo de jugar con una generación fabulosa. William no
olvida cuando entrenaba mano a mano con Horacio Tato López. En 1981 salió campeón
Federal con los albimarrones.
Hasta
que unos años después cumplió su sueño. Se fue a probar al fútbol. La peleó
bien de abajo, desde la C en El Tanque Sisley. Terminó en la selección uruguaya
y se consagró campeón uruguayo con Progreso y Defensor.
Culminada
la carrera, Gutiérrez se asoció con un muchacho que le presentó una propuesta
para invertir en una casa de deportes. Willy invirtió su capital ilusionado con
tener como clientes a los futbolistas, a los que se les venderían artículos en
cuotas.
“Abrimos
la casa de deportes, pero fue todo medio engañoso. Yo puse el capital, él la
idea. El muchacho sacó todo a consignación y cuando quise acordar, pese a que
no tengo pruebas, me hizo robar dos veces el negocio. Me quedé sin nada. Perdí
todo”, recordó Gutiérrez.
Por
lo que no le quedó otra que ponerse el overol y salir a trabajar. Se transformó
en colocador de yeso.
Sin
embargo, la vida lo volvió a golpear. Su hija Kareen, la que lo esperaba con la
pelota porque quería jugar al fútbol, empezó a esconder una mano, y a arrastrar
un pie, además, ya no quería jugar como antes. A sugerencia de un amigo, la
llevaron al médico para hacerle chequeos. El diagnóstico fue un golpe al alma:
tumor en el centro del cerebro.
La
niña quedó en manos de los doctores Ney Castillo y Daniel Borbonet, con quién
Willy había jugado en Defensor Universitario. La internaron y empezó la odisea.
“A partir de ahí cambió toda nuestra vida, toda la dedicación fue para mi hija”, expresó Gutiérrez que reveló otro dato: “Ney me aconsejó que me fuera a Estados Unidos porque era el único lugar en el mundo donde la podían salvar”.
La ayuda de Larrea y Víctor De los Santos
“Alejandro
estaba jugando en China y un día se apareció a visitarme en casa. Yo estaba
muerto anímicamente pero qué le iba a decir, el tipo venía recontento. Hasta
que en determinado momento me dice: ‘Willy, ¡qué pasa contigo!’. Y le digo
tengo que ir a Estados Unidos para salvar a mi hija y no tengo un peso, estoy
complicado”, recordó Gutiérrez sobre aquella charla.
Fue
entonces cuando Larrea lo miró y le dijo: “¿A qué hora vengo mañana?”.
“¿Mañana?
¿Qué pasa mañana?, respondió Willy.
“Mañana
vamos a una agencia de viajes a sacar el pasaje. Si es por tu hija vamos arriba”,
sentenció Larrea que al otro día lo levantó en su casa y se lo llevó a comprar
el boleto para viajar.
![]() |
Alejandro Larrea |
En primera instancia William viajó solo. Se fue a Jacksonville, en el estado de Florida, a la casa de Víctor De los Santos. Y de ahí a Massachusetts, lugar donde atendían niños, a presentar la documentación de su hija para ver si era posible que la atendieran.
El viaje de Kareen
Y
mientras William se movía en Estados Unidos, en Montevideo su señora fue
sorprendida por el doctor Castillo con la noticia de que disponía de los
pasajes para viajar con su hija.
“Mi
señora se la jugó. Mi hija no daba más. En el aeropuerto le sellaron el
pasaporte sin mucho trámite”, recordó Willy.
El
reencuentro fue duro. Kareen era trasladada en silla de ruedas. “Cuando la vi a
mi hija no lo podía creer, en silla de ruedas, con una parte de la cara caída,
los brazos no los movía”, rememoró Willy acotando que esa misma noche la niña
entró en una crisis grave y fue trasladada de inmediato al hospital de Boston. “El
médico habló con mi señora y le dijo de todo, que era una inconsciencia haber
viajado con una niña así, pero era nuestra jugada, era la única forma de
salvarle la vida”.
La
niña quedó registrada en el hospital de Boston y la empezaron a tratar. A la
familia Gutiérrez le dejaron las cosas claras: el tumor era inoperable. Pero
William no se daba por vencido. “Ahora lo cuento, antes no podía porque me
ponía a llorar. Soy creyente y el día que me dijeron lo de Kareen sentí una voz
que me habló, que me dijo tranquilo Willy esto va a pasar, tu hija va a salir. Fue
muy duro. Tengo médicos en la familia y me dijeron que no me hiciera ilusiones.
Pero yo le dije a mi señora, la voy a luchar, a mi hija la van a operar. Ella
me decía que era una cabeza dura. Pero yo no me rendí…”, expresó y se hizo
silencio en la charla, un claro síntoma de que lo invadió la emoción del
recuerdo.
El tratamiento fue un proceso complejo. Un día la doctora llamó a los Gutiérrez para darles la noticia de que Kareen sería finalmente operada. Willy quedó tan impactado que miró a la doctora y preguntó nervioso: “¿entonces la van a operar?”. “Sí, si ustedes nos dan la autorización la vamos a operar”, le dijeron para reconfirmar la decisión.
El día de la operación
Y
llegó el día más esperado por William Gutiérrez. Tal vez el más importante de
su vida. El día de la operación de su hija. Pero aún quedaba otro golpe que
generó incertidumbre. A poco de que Kareen fuera ingresada a la sala lo
llamaron.
“En
el hospital se dieron cuenta de que nosotros no calificábamos para esa
operación porque era costosa y nosotros no teníamos dinero. Se nos vino la
noche, no había chance, pasaban las horas y no la operaban”, recordó Willy.
Hasta
que la doctora se puso el cuadro al hombro. Reunió a una serie de empresarios
que se hicieron cargo de todos los costos de la intervención. Kareen pasó a la
sala.
“Nos
quedamos con mi señora esperando. La operación duró una eternidad, fueron como
12 horas de incertidumbre hasta que salió la doctora y nos dijo: ‘sacamos un
96% del tumor y esperemos que ese porcentaje que queda no se vuelva a
desarrollar’. Pah… lo recuerdo y me emociono… Fue tocar el cielo con las manos”.
Willy
jamás contó lo que pasaba con su hijita. No esperó nada de nadie. Salió a
pelear por ella. La vida le brindó la posibilidad de reencontrarse con
Alejandro Larrea con quien en poco tiempo inaugurarán una escuela de fútbol, la
Uruguay Soccer Academia.
Su
lucha no terminó. Tiene otro sueño por cumplir. Que lo reconozcan en el libro Guinness
de los récords mundiales por ser el único caso de un deportista que fue campeón
profesional en fútbol, básquetbol, y además, defendió a la selección de su
país.
Pero
al margen de ello, el hombre valora la vida desde otro lugar. “Mucha gente dice
Willy está en Estados Unidos, está cómodo, y nadie sabe lo que hemos pasado, lo
que hemos vivido acá”.
Kareen
tiene 27 años. Willy reveló que le quedaron secuelas en una manito y en una
piernita. “Pero la tengo acá. Las pasamos. Sufrimos. Lloré… si habré llorado…
Pero la tengo acá a mi hijita”.
Estas cosas llegan a lo más profundo de los sentimientos. Te mueven aceleradamente ese Zoronca que te hace sentir feliz por leer estas cosas. Gracias
ResponderEliminarGracias amigo como siempre un baño de realidad y esperanza para motivar hasta los más incrédulos.
ResponderEliminarSalú hermano 🍷🍷
UN GRAN AMIGO Willy UN CAMPEON DE LA VIDA ....ME QUEDO CON LA PERSONA QUE ES WILLY.....más allá de sus Triunfos en Bohemios, y en el Fútbol....tengo la suerte de compartir , a pesar de la Distancia su amistad.....felicitaciones Señoras..QUE LA CUENTEN COMO QUIERAN
ResponderEliminarMuy bueno Jorge! Valen estas historias!!! Abrazo
ResponderEliminarQué emotiva historia, hace reflexionar mucho.
ResponderEliminarUn gran abrazo muy Feliz Día de los Trabajadores estimado.